SÍNODO DE LOS OBISPOS
La Palabra de Dios en la vida y misión de la Iglesia
Mons. Luis A. G. TAGLE
6 de octubre de 2008
LA DISPOSICIÓN REQUERIDA PARA OIR LA PALABRA DE DIOS
Es apropiado que en esta Asamblea General se trate acerca de la disposición requerida para oír la Palabra de Dios. En las Sagradas Escrituras, cuando el pueblo escucha la Palabra de Dios, lo experimenta en la vida real. A la inversa, el rechazo del pueblo a escuchar a Dios genera tragedia para ellos. Así pues, escuchar la Palabra de Dios es un asunto serio. La realización de la vida humana depende de nuestra capacidad de escuchar a Dios. Pero, ¿Cómo aprende uno a escuchar?
Parte de la preocupación pastoral de la Iglesia es formar oyentes de la Palabra. ¿La Escucha es algo que puede ser enseñado? En nuestra experiencia, la escucha es más efectivamente transmitida en un entorno donde se viva la capacidad de escuchar... La Iglesia debe proveer la atmósfera y el contexto en el que el escuchar pueda ser adquirido. Permítanme proponer tres aspectos de un acercamiento pastoral para desarrollar y profundizar la disposición para escuchar (basado en nuestra experiencia en Filipinas).
Primero, nuestra principal preocupación es escuchar en fe. La fe es fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros y también es el más profundo acto de libertad humana. En las Escrituras, escuchar en fe significa abrir uno su corazón para el Dios que habla, permitiendo a la voluntad de Dios penetrar en el corazón, aceptando el poder transformante de la Palabra y poniendo la Palabra de Dios en práctica. Escuchar en fe es equivalente a obedecer en fe. De esta forma, podemos decir que una formación en la escucha es una formación en la fe integral que implica escucha, conversión y acción. Los programas de formación para jóvenes, familias, laicado, seminaristas, ordenados y religiosos deberían ser concientemente diseñados como una formación en "escucha holística e integral".
Segundo, muchos hechos en nuestro mundo contemporáneo manifiestan los trágicos efectos que se producen cuando la gente no está dispuesta a escuchar al otro. Los progresos en el campo de las comunicaciones sociales no siempre están acompañados por el crecimiento en la escucha. Los conflictos familiares, los vacíos de comunicación entre las generaciones y las naciones y la violencia persistente, son algunos de los signos de rompimiento en la comunicación. Mucha gente se encuentra atrapada en un entorno de monólogos, indiferencia, ruido, intolerancia y auto-aislamiento. Nadie parece escuchar. La Iglesia puede restaurar el valor de la escucha en un mundo cada vez más sordo, generando un ambiente donde el diálogo sincero, el respeto, el intercambio y la auto-trascendencia son aún posibles.
Tercero, Dios habla y la Iglesia se convierte en la voz para la Palabra de Dios. Como sierva de la Palabra, la Iglesia presta su voz de modo que el mundo pueda escuchar a Dios. Pero en las Escrituras, Dios no sólo habla. Dios también escucha. Dios escucha especialmente al justo, al pobre, a la viuda, a los huérfanos, al humilde, y al perseguido. Misteriosamente, Dios escucha a aquellos que no tienen voz. La Iglesia debe enseñar a escuchar en el modo que Dios escucha y debe prestar su voz a los que no la tienen.
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